Me he investigado a mí mismo", dice Heráclito de Éfeso, antiguo filósofo griego. Cuando sus contemporáneos buscaban en la naturaleza el principio del universo, Heráclito, anticipando lo que había de ser tan característico de Sócrates el ateniense, llama la atención hacia el conocimiento de sí mismo. No está fuera del hombre la solución de los enigmas, el hallazgo de lo que es, el descubrimiento del principio de todo. El hombre de alma bárbara, el sordo, el ausente, el de la vida inauténtica, es el que huye de sí mismo.
Sobriamente Heráclito nos hace saber "me he investigado a mí mismo". Sócrates, de sabio sin palabrería, sin teorizaciones ("sólo sé que nada sé", dice), llega incluso a formular lo mismo a modo de indicación, de directiva: "Conócete a ti mismo".
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